Diferenciación exprés con IA: una misma actividad, distintos retos en el aula de ELE
Un mismo nivel no significa las mismas necesidades
Cuando hablamos de diferenciación en el aula de ELE no hablamos de distintos niveles generales, sino de diferencias en el desarrollo de las destrezas.
En un grupo reducido, aunque todos los estudiantes compartan un mismo nivel de referencia, las diferencias se ven enseguida. Hay quien entiende prácticamente todo lo que escucha, pero necesita tiempo para construir una respuesta. Otro habla con bastante soltura y, sin embargo, se atasca ante un texto escrito. También está quien comprende bien una consigna, participa sin problemas, pero escribe siempre con estructuras muy sencillas.
Es normal. Las destrezas no avanzan todas a la vez ni lo hacen de la misma manera en cada estudiante.
Y en los grupos pequeños esto se hace especialmente visible. Con cuatro o cinco estudiantes no existe demasiado espacio para trabajar pensando en un alumno medio. Sabemos quién va a necesitar que reformulemos una pregunta, quién agradecerá dos o tres expresiones antes de empezar y quién terminará la tarea rápidamente si no introducimos algún reto más. Eso forma parte del trabajo diario del profesor.
La dificultad está en hacerlo sin convertir una clase de cinco estudiantes en cinco clases diferentes.
Aquí es donde la IA puede resultar útil. No para decidir qué necesita cada alumno —esa decisión sigue siendo nuestra—, sino para preparar rápidamente pequeñas variaciones de una actividad que ya tenemos.
Una misma actividad, distintos retos
Pensemos en una actividad muy habitual: organizar una comida entre compañeros para trabajar la interacción y la negociación.
La consigna podría ser esta:
Estáis organizando una comida de despedida para un compañero de clase. Cada uno tiene una idea distinta de lo que hay que llevar: alguien quiere algo casero, alguien prefiere pedir comida a domicilio y alguien insiste en que tiene que haber algo típico de su país. Poneos de acuerdo sobre el menú, quién lleva qué y a qué hora quedáis.
La actividad funciona bien porque obliga a hacer varias cosas con la lengua: proponer, expresar preferencias, aceptar o rechazar ideas, negociar y, finalmente, llegar a un acuerdo. Pero imaginemos lo que puede ocurrir al ponerla en práctica.
Un estudiante entiende la situación general, pero algunas palabras del enunciado le dificultan entrar en la actividad. Otro comprende perfectamente la consigna, aunque necesita algún apoyo para empezar a proponer. Y un tercero, a los dos minutos, ya ha decidido el menú, quién trae cada cosa y a qué hora quedan.
No necesitamos preparar tres actividades. Podemos trabajar sobre la misma.
Para quien necesita un poco más de apoyo
Podemos simplificar el enunciado, eliminar alguna palabra que dificulte innecesariamente la comprensión y ofrecer tres o cuatro expresiones que sirvan para empezar:
Yo prefiero…
Podemos llevar…
¿Qué te parece…?
¿Y tú qué quieres?
El objetivo no cambia. El estudiante tiene que participar en la misma conversación y llegar al mismo acuerdo que sus compañeros. Simplemente le facilitamos la entrada a la tarea.
Para preparar esa versión podemos pedir a la IA algo muy concreto:
«Simplifica este enunciado para un estudiante de ELE que necesita más apoyo en comprensión lectora. Mantén la misma situación y el mismo objetivo. Utiliza frases más cortas y vocabulario frecuente y añade cuatro expresiones sencillas que pueda utilizar durante la conversación. No infantilices la actividad. Enunciado: [pegar texto].»
Lo importante aquí no es que la IA determine a qué nivel pertenece la actividad. Lo importante es que nosotros sabemos qué queremos facilitar.
Para quien necesita algo más
También ocurre lo contrario.
Hay estudiantes que entienden la consigna inmediatamente y resuelven la situación con los recursos que ya dominan. En ese caso, añadir una lista de palabras más difíciles no aporta demasiado.
Podemos complicar la situación.
Por ejemplo: después de acordar el menú descubren que uno de los invitados es vegetariano. O alguien cancela a última hora y ya había comprado parte de la comida. O el presupuesto disponible es mucho menor de lo que habían previsto.
Ahora ya no basta con decir yo prefiero esto o podemos comprar aquello. Hay que explicar, justificar, cambiar de opinión, buscar alternativas y volver a negociar.
Podemos pedir a la IA:
«Añade a esta actividad un imprevisto que obligue al estudiante a negociar de nuevo, justificar sus propuestas y reaccionar ante las ideas de los demás. Mantén la misma situación, el mismo tema y la dinámica de grupo. No añadas dificultad simplemente utilizando vocabulario más complejo. Enunciado: [pegar texto].»
La actividad sigue siendo la misma. Lo que ha cambiado es lo que le estamos pidiendo al estudiante que haga con la lengua.
Y para quien no necesita ninguna adaptación
Nada. También conviene recordarlo. Diferenciar no significa preparar obligatoriamente una versión distinta para cada persona. Si la actividad funciona para un estudiante tal como está planteada, trabaja con la actividad original.
La adaptación tiene sentido cuando responde a una necesidad que hemos observado, no porque tengamos a nuestra disposición una herramienta capaz de generar veinte versiones de una ficha.
Todos siguen trabajando juntos
Esta es probablemente la parte más importante.
No queremos que un estudiante haga una actividad A, otro una B y otro una C. Queremos que los cinco estén hablando de la misma comida, reaccionando a las propuestas de sus compañeros y tratando de llegar juntos a un acuerdo.
Lo que podemos modificar son los apoyos o las pequeñas dificultades que introducimos.
Uno tiene delante cuatro expresiones que le ayudan a participar. Otro trabaja sin apoyos. A un tercero le damos discretamente una tarjeta: Acabas de descubrir que uno de los invitados no come carne. Comunícaselo al grupo y buscad una solución.
La conversación es de todos.
Y ahí está, precisamente, la diferencia entre adaptar una actividad y fragmentar la clase.
La IA prepara, el profesor decide
La IA puede simplificar un texto en segundos. Puede proponer apoyos, reformular una consigna o inventar diez imprevistos para una actividad. Lo que no puede hacer es conocer nuestra clase.
No sabe que Anna comprende casi todo, pero habla poco porque necesita unos segundos más para organizar lo que quiere decir. No sabe que Marco interviene constantemente, pero evita determinadas estructuras cuando argumenta. Tampoco sabe que hoy el grupo está cansado y esa actividad que sobre el papel parecía estupenda necesita diez minutos menos y bastante menos complicación.
Ese conocimiento sigue estando en el aula. Por eso quizá la pregunta más útil cuando utilizamos IA para diferenciar no sea:
¿Puedes adaptar esta actividad a A2, B1 y B2?
Sino:
¿Qué necesita este estudiante para poder hacer mejor esta actividad?
Una vez que el profesor tiene clara la respuesta, la IA puede ahorrarle bastante trabajo.
Antes, una pequeña adaptación podía significar abrir el documento, copiar la actividad, reescribir instrucciones, buscar ejemplos y preparar otra ficha.
Ahora podemos partir de una sola actividad y generar rápidamente los apoyos o retos que necesitamos.
La decisión sigue siendo docente. Lo que hemos reducido es el tiempo de preparación.
Para probar mañana en clase
No hace falta empezar preparando tres versiones completas de una actividad.
Coge una que ya utilices. Piensa en un estudiante concreto de tu grupo y pregúntate qué ocurre cuando trabaja con ella: ¿el problema está en comprender la actividad?, ¿le faltan recursos para empezar a hablar?, ¿la resuelve demasiado rápido?, ¿necesita justificar más sus respuestas?
Después pide una sola modificación. Un enunciado más claro. Cuatro expresiones de apoyo. Una pregunta adicional. Un imprevisto que obligue a negociar. Una condición nueva que haga imposible la primera solución.
Y prueba.
Porque diferenciar no consiste en hacer una actividad distinta para cada estudiante. Consiste en conseguir que una misma actividad dé suficiente espacio para que estudiantes diferentes puedan trabajar y avanzar juntos.